En determinadas ocasiones, el marco teórico es fundamental a la hora de divulgar y debatir sobre cuestiones históricas específicas. Es esencial discernir conceptos que, aunque puedan ser baladíes, poseen la facultad de instruir de manera perniciosa para un determinado propósito. Un claro ejemplo es el que atañe a todo lo que envuelve al estudio de la Hispanidad y a la premeditada y malintencionada concepción de la “Leyenda Negra”. A estas alturas, nadie debería dudar de que el mundo anglosajón y francófono, durante la Edad Moderna y Contemporánea, ha construido un relato malévolo en torno al papel histórico de España en el plano internacional. Sin embargo, los mismos autores de este delirio argumental han querido omitir una cuestión teórica fundamental que distorsiona su narración histórica: la diferencia entre Imperio e Imperialismo.
Existe una gran diferencia entre ambos términos. Si atendemos a la cuestión cronológica, los imperios clásicos son los desarrollados hasta el siglo XIX, momento en el que tuvo lugar en Europa el proceso de industrialización y, por lo tanto, las relaciones entre centro y periferia cambiaron radicalmente. Ejemplo de imperios clásicos son el romano y el español que, durante cientos de años, construyeron una relación muy diferente con sus periferias. El Imperio, desde el punto de vista orgánico, mantuvo desde el primer momento un sistema político polisinoidal basado en la conformación de estructuras de poder auxiliares que mantuviesen bajo control toda la administración imperial. Por lo tanto, y desde un punto de vista territorial, los territorios anexionados a los imperios fueron siempre partes fundamentales del entramado de estos para su supervivencia. Las provincias (en el caso del Imperio romano) y los virreinatos (en el caso del Imperio español) nunca fueron considerados organizaciones aisladas de los imperios. Desde un punto de vista cultural, la importancia histórica de dichos territorios anexionados se basa en los conceptos de romanización e hispanización, procesos de asimilación de las periferias de la lengua, la cultura y las tradiciones del centro imperial.
Resultado de los procesos de asimilación, las periferias se transformaron en entidades generadoras de culturas únicas y singulares, como es el caso del desarrollo de la Hispanidad, que tiene como base el mestizaje y la asimilación de la cultura castellana, que tuvo como principal fin la cristianización y la alfabetización de los dominios integrados, antiguas regiones sometidas a imperios basados en el canibalismo y en la cultura del sacrificio de habitantes de pueblos prehispánicos esclavizados.
También fue el caso del Imperio romano, desarrollándose provincias romanizadas pero con un alto grado de “barbarización”, especialmente los espacios periféricos alejados del centro imperial, la ciudad de Roma, como fue el caso de la Britannia. Con la llegada de pueblos bárbaros durante el periodo bajoimperial, dicha singularidad cultural se acentuaría mucho más, como fueron los reinos godos y francos.
En cuestiones ligadas a la ciudadanía y a la igualdad legal, Roma tuvo que esperar al Edicto de Caracalla del año 252 d. C. En España, las Leyes de Burgos de 1512 consolidaron los derechos de todos los integrantes del Imperio español, decretos que cumplieron con la voluntad de Isabel I la Católica, reforzando la idea clásica de Imperio. No obstante, los procesos de integración no se encuentran exentos de numerosos abusos imperiales, como es el caso, por ejemplo, de la discriminación sufrida por los habitantes de las provincias romanas hasta la crisis del siglo III o la explotación de recursos humanos de las minas de Potosí por el Imperio español.
En contraposición al concepto clásico de Imperio, basado en la integración al régimen polisinoidal imperial, surgió, bajo los preceptos de una Revolución Industrial de índole capitalista, el Imperialismo que dominó la esfera internacional a finales del siglo XIX y principios del XX. La relación de los nuevos Imperios coloniales (Reino Unido, Francia y Estados Unidos, entre otros) con sus periferias (África y Asia) se caracterizaron por una fuerte asimetría política, social, económica y cultural. Dicho desequilibro se basó principalmente en la naturaleza de las nuevas posesiones, que fueron percibidas por la metrópoli como colonias, protectorados o concesiones al servicio de sus intereses. Como resultado, las relaciones surgidas del Imperialismo se basaron en territorios periféricos ajenos a cualquier intento de establecer relaciones con su centro, y que fueron objeto de explotación sistémica de recursos naturales y esclavos con un fin puramente comercial. En el plano cultural, cabe destacar la mala interpretación del darwinismo social y la imposición bajo la premisa de la superioridad blanca europea, como una labor “humanitaria” de llevar la civilización a los pueblos “atrasados” africanos y asiáticos. No hubo generación de nuevas culturas resultado de las relaciones entre sociedades, como fue el caso de la Hispanidad. Hubo una sustitución premeditada de una cultura por otra a través de la destrucción del tejido social de la colonia.
La crueldad de los Imperios coloniales es evidente. Prueba de ello fue la violencia ejercida por Francia para reprimir movimientos sociales en Argelia, Indochina y Madagascar; la dejadez intencionada del Imperio británico durante la hambruna de Orissa de 1866; el terror colonial británico contra los bóers en Sudáfrica (con campos de concentración incluidos); las vejaciones sufridas por los esclavos durante las rutas comerciales entre el Caribe y el puerto de Senegal; o los zoológicos humanos y abusos físicos de los belgas en el Congo, entre otras muchas atrocidades.
Lejos de ensalzar la “Leyenda Rosa” sobre el proceso de romanización o hispanización, se descubre una intencionalidad de sus fuerzas opuestas (el mundo anglosajón y francófono) en disfrazar la realidad del colonialismo africano y asiático. En algunos casos, equiparan los conceptos de Imperio e Imperialismo como parte de las transformaciones elementales del mundo moderno y contemporáneo. En otros casos, el relato imperialista se retuerce para que los odios históricos se enfoquen en la labor de España en América. Sin embargo, con sus defectos y errores, España puso en funcionamiento una estructura única en el mundo. La Hispanidad es el resultado de una política polisinoidal, unas relaciones de equilibro entre centro y periferia y la asimilación mutua de culturas que generaron una civilización singular. Los Imperios coloniales no pudieron decir lo mismo, ya que su cultura de la destrucción se puede observar en la actualidad en los territorios africanos. Incluso en la actualidad, con las antiguas posesiones americanas españolas independientes, se puede observar la deriva política y social que experimentan los países hispanoamericanos debido a la influencia de intereses estadounidenses en sus recursos, un neocolonialismo que se repite de manera más acentuada en África.
A fin de cuentas, el perverso relato trata de que lo anglosajón se sitúe moralmente por encima de lo hispano. Conocer y diferencias los marcos teóricos permite una noble defensa frente a quienes pretenden enfrentar y dividir. Entender y discernir los conceptos de Imperio e Imperialismo en su vertiente cronológica, política, económica, social y cultural es un buen primer paso.
