Entre los reinados visigodos, pocos han sido tan importantes como el del rey Wamba (672 – 680). A pesar de su brevedad, su relevancia radicó en un periodo complejo que concentró una rebelión frustrada en la Narbonense, una reforma militar inédita en la etapa de dominación visigoda peninsular y un final atípico que cerró un gobierno de gran interés para la historiografía. Se trató del último gran soberano del reino de Toledo, que cargó con el peso de la corona manteniendo en todo momento un delicado equilibrio entre los principales poderes aristocráticos y eclesiásticos.
Wamba accedió al trono tras el fallecimiento del rey Recesvinto (653 – 672), que había gobernado de forma efectiva durante dos décadas y que había dejado un legado de vital importancia para la unificación legislativa del reino: el Liber Iudiciorum. Se trataba de un documento normativo que sentó las bases de un sistema jurídico unificado para todos los habitantes del reino. Según las crónicas del arzobispo Julián de Toledo, autor de la Historia Wambae regis, su elección tuvo lugar en la localidad de Gérticos (Valladolid), lugar de la muerte de Recesvinto. En septiembre del 672, la nobleza y el alto clero forzó a Wamba a aceptar el cargo real a pesar de su negativa a reinar, lo que evidenciaría la notable inestabilidad de la monarquía electiva visigoda y la influencia que los poderosos terratenientes tenían sobre los concilios. Aceptó, no obstante, con la condición de ser ungido rey en la misma capital regia, gesto que auparía a Wamba como uno de los hijos predilectos de la historia toledana. Fue coronado por el arzobispo de Toledo Quirico, cuya ceremonia atestiguaba la legitimidad sagrada y la alianza entre Corona e Iglesia, un requisito fundamental para la estabilidad del reino, tal y como lo demostró su antecesor, el rey Leovigildo, tras su conversión al catolicismo en el III Concilio de Toledo del año 589.
Durante su reinado, y tras sofocar la revuelta vascona, se enfrentó a una rebelión en la provincia Narbonense instigada por el conde Hilderico de Nimes y con el apoyo del obispo Gumildo de Magalona. Wamba envió para reprimir la revolución al dux Paulo, un general de origen griego que traicionó al rey proclamándose rey de la Narbona. La respuesta real fue tan efectiva como precisa. En tres grandes columnas, el ejército visigodo recuperó Barcelona, Gerona y Narbona, capturando a Paulo y poniendo fin a la sublevación. En Toledo, Wamba fue recibido entre vítores.
La rebelión puso de manifiesto la enorme dependencia de la nobleza, razón por la cual Wamba decretó una modificación del Liber Iudiciorum que obligaba a acudir a la defensa del reino a todos los nobles, laicos o clérigos que vivieran dentro de un radio de cien millas de la zona de auxilio, ya fuera por una invasión exterior o por una sublevación interna. Quien se resistiera al auxilio, corría el peligro de ser desterrado y de perder todos sus bienes. Dicha norma respondió así a la necesidad de reforzar la autoridad real frente al poder nobiliario y de disponer de un ejército más infalible. Sin embargo, la norma provocó el recelo de las altas esferas sociales. También se le atribuye a Wamba la reparación de las murallas de Toledo, un hecho que refuerza aún más la simpatía que despierta el personaje histórico en la región.
En octubre del año 680, Wamba cayó en un estado de inconsciencia. Según los relatos tradicionales, la causa fue la ingesta de una bebida preparada con una hierba narcótica suministrada por el noble Ervigio (que acabaría convirtiéndose en el monarca sucesor) en confabulación con el arzobispo Julián II. La nobleza, creyendo agonizante al rey, le tonsuraron y le pusieron el hábito de penitente, inhabilitándolo como rey. Una vez recobrado el sentido, Wamba encontró consumada la traición y aceptó su destino, retirándose al monasterio de Monjes Negros de San Vicente en Pampliega (Burgos), donde fallecería en el año 688. En el siglo XIII, Alfonso X el Sabio ordenó el traslado de los restos mortales a la iglesia de Santa Leocadia, ubicada junto al alcázar de Toledo, donde también reposarían los restos de Recesvinto.
Su reinado, marcado por su final, es justamente valorado por la historiografía debido a las reformas que cohesionaron un reino que se encontraba en una situación política delicada. Su traición interna demuestra la gran inestabilidad que posteriormente caracterizaría a la monarquía visigoda, y que cristalizaría finalmente con la guerra civil que trajo consigo la conquista musulmana del año 711 y el final del gobierno visigodo en la península. Por esta razón, la imagen de Wamba debe ser recordada como la del último gran rey visigodo de Toledo.